Top 3 planes imprescindibles qué hacer en Alicante (sin caer en trampas para turistas)

Alicante es una ciudad que padece de un mal común: la devoran sus propios tópicos. El visitante descuidado llega, se encierra en el circuito comercial de la playa de Postiguet, cena una paella congelada de color amarillo fluorescente en una terraza masificada y se va pensando que ya conoce la zona. Craso error. El Alicante real, el que defienden los locales con orgullo, exige alejarse del asfalto turístico para buscar experiencias con sustancia, esfuerzo físico y recompensa gastronómica.

Si quieres exprimir la ciudad con criterio técnico y vivir una jornada memorable, necesitas concentrar tus energías en lo que verdaderamente vale la pena. En cristiano: menos postureo marítimo y más conectar con el alma y el estómago de la ciudad.

Aquí tienes los 3 planes obligatorios que debes tachar de tu lista en tu próxima escapada.

1. Conquistar las alturas de Santa Bárbara cruzando el laberinto blanco

El primer plan no se negocia. No puedes decir que has estado en Alicante si no has dominado la cumbre del Monte Benacantil, la inmensa mole de roca que vigila el Mediterráneo. 

En su cima se asienta el Castillo de Santa Bárbara, una de las fortalezas medievales más imponentes de Europa.

Para hacerlo bien, olvídate del cómodo ascensor que usan los turistas perezosos. La experiencia real consiste en subir a pie atravesando el Barrio de Santa Cruz. Este rincón es un reducto detenido en el tiempo: un laberinto de calles peatonales empinadas, escalinatas infinitas, fachadas blancas impolutas y macetas de geranios que le dan vida a las paredes de piedra. 

Subir por aquí exige piernas, pero el premio es respirar un aire que huele a jazmín, a sal y a la historia musulmana y cristiana que dio forma a la ciudad.

Una vez arriba, en la zona más alta del castillo conocida como el macho, te espera una panorámica de 360 grados. Desde allí arriba se entiende perfectamente por qué los antiguos estrategas eligieron esta roca: tienes el control absoluto de la costa, el puerto y el trazado urbano medieval a tus pies. Es el lugar perfecto para ver el atardecer antes de bajar a por la recompensa.

2. Vivir la intensidad del «Tardeo» y el producto de lonja en el Mercado Central

Bajar de la fortaleza te da el pase directo al segundo plan imprescindible: sumergirte en el latido humano del Mercado Central. Este edificio de principios del siglo XX es un templo modernista que funciona como el verdadero estómago de los alicantinos. 

Olvídate de los supermercados fríos; aquí el producto fresco se defiende con voz propia.

Recorrer sus pasillos a media mañana es un espectáculo para los sentidos. En la planta baja, los mostradores de los pescaderos exhiben la riqueza del mar local: la legendaria gamba roja de Dénia, quisquillas de Santa Pola saltando y salazones tradicionales que concentran el sabor del Mediterráneo. 

En la planta superior reina el olor de los embutidos de la montaña y las carnes selectas de la huerta interior.

Pero el verdadero plan se desata los viernes y sábados a mediodía con el ritual del «tardeo». Los locales se reúnen en los callejones traseros y las plazas que rodean el mercado para tomar el aperitivo al aire libre. 

La dinámica es rústica y auténtica: compartir raciones sencillas en la barra, beber cerveza bien fría y hablar a viva voz entre el bullicio de la plaza. Es el Alicante sin filtros ni adornos comerciales, el punto de encuentro obligatorio para calentar los motores antes de la cena.

3. Rendir culto al fuego y a la carne real en el rincón oculto de Bacacay

Después de haber quemado energía conquistando la fortaleza y de haber vivido la descarga humana del Mercado Central, tu jornada en Alicante exige un broche de oro culinario de nivel VIP. 

Para cenar no vayas a las franquicias de primera línea de playa. Camina un par de calles hacia la zona centro tradicional, concretamente a la Calle Poeta Campos Vasallo 31, y prepárate para entrar en un templo de culto carnívoro: Bacacay.

Este no es un restaurante de diseño artificial para subir fotos postureando en redes; es un proyecto familiar capitaneado con alma por Alejandro, Laura y Javier. Al enfilar la calle, un «olorcito a brasa» inconfundible te avisa de que ahí se cocina con verdad. 

Al cruzar el umbral, te recibe una larga pila de leña que delata que su asador tradicional se alimenta exclusivamente de carbón vegetal y madera, sin planchas de gas ni atajos industriales.

La experiencia en Bacacay es un viaje de ida sustentado por su implacable reputación real:

  • La atmósfera del bodegón: Aunque por fuera es un local discreto que puede pasar desapercibido, dentro es un «increíble bodegón con encanto» y un comedor íntimo y acogedor.
  • La técnica impecable de la brasa: Su calificación de 4.8 estrellas en Google es el reflejo de un equipo que no negocia los puntos de cocción. Los clientes habituales lo resumen con una frase contundente: la carne es tan tierna que «se corta con cuchara» y llega siempre a la mesa en el punto exacto. Es, sin rodeos, una experiencia culinaria que sus comensales califican como «un recontra 10».
  • El festín obligatorio: El ritual exige empezar compartiendo su empanada criolla de carne cortada a cuchillo o unas mollejas crujientes por fuera y tiernas por dentro acompañadas por su salsa cítrica casera. Para el plato fuerte, debes apostar por sus joyas de la parrilla como el Ojo de Bife o la Entraña jugosa, todo maridado con etiquetas seleccionadas de vinos tintos argentinos que hacen justicia a la potencia del fuego.

Planificar una escapada a Alicante exige salirse del rebaño turístico. Conquista la roca, vive la plaza del mercado y termina rindiendo honores al fuego de verdad.

Hacer las cosas bien lleva tiempo, y la cocina de Bacacay te está esperando para cerrar el día como se merece.

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